EL COMPAÑERISMO ENTRE LOS BAUTISTAS

Tratar sobre el compañerismo entre el pueblo bautista venezolano invita a reflexionar en el tema del comportamiento diligente de los cristianos en torno al llamado recibido de Dios. Como se ha publicado en nuestro “flyer” de julio, hemos de ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, según Efesios 4:3.

El texto de Pablo a los hermanos de Éfeso, desde el verso uno al seis, plantea un desafío a la iglesia dentro de una perfecta comunión, posible solo entre personas redimidas por Cristo. Al inicio suena como un ruego divino a través de esta carta, similar al que hace el apóstol a los romanos (12:1) donde les ruega que presenten sus vidas en sacrificio vivo, santo y agradable el Señor, “por las misericordias de Dios.”

En los primeros tres capítulos de la epístola, Pablo dice a los efesios que ellos están en Cristo. En los otros tres capítulos les dice cómo deben andar, porque el Señor da la teoría y también la práctica. Ahora, la confianza del apóstol con la iglesia era de tal magnitud que les escribe con toda propiedad sobre el comportamiento de un discípulo cristiano que viene a ser de testimonio a la causa del evangelio.

Una cosa primordial es la indicación de responder al llamado de un compañerismo que no tiene ninguna semejanza con las prácticas terrenales. No es posible que un cristiano tenga intimidad con los incrédulos, aunque puede ser compañero de trabajo, de estudios o de comunidad. Aquí es viable subrayar que nuestro compañerismo se inscribe en el plano espiritual, dentro de la comunión que viven los redimidos por la sangre de Cristo Jesús.

La iglesia de Cristo se mueve en una unidad maravillosa que produce de forma exclusiva el Espíritu Santo. Ningún humano hace o promueve la unidad, sino Dios. Entonces ¿qué nos corresponde a nosotros? La Biblia responde que guardar esa unidad de manera diligente, bajo el exhorto del Señor y Su propósito de que cada creyente ejerza de manera voluntaria una entrega a Su servicio. Por eso, la palabra que se usa en el verso uno tiene que ver con “andar (conducta) como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.”

Hay quienes sostienen que al no merecer lo que Dios ha hecho por nosotros, se nos ruega que andemos de una manera que se corresponda con lo hecho por Dios a nuestro favor. Aún más, no nos hacemos cristianos por vivir la vida cristiana, sino que se nos exhorta a vivir siendo cristianos por nuestra adecuación a la situación que tenemos en Cristo, como lo menciona Filipenses 1:27. Entonces ¿cuál es nuestra vocación? Ésta no es otra que el llamamiento a servir al Señor, que –según la Biblia—es celestial (Heb. 3:1) y santo (2 Tim. 1:9).
Al valorar este llamamiento, podemos asumir las virtudes del Espíritu (Ef. 4:2), en humildad, mansedumbre y paciencia. La primera se refiere a no tratar de sobresalir o levantarse por sobre los demás, sino ejercer modestia y no darle soltura al ego. La segunda implica control de la emociones para ejercer amabilidad en el trato afable al prójimo, sin dejarse llevar por la ira, el enojo y el rencor. Y la tercera virtud aquí mencionada es mantener la ecuanimidad de genio frente a las adversidades y acoso, facilitando soportar y abrazar al otro “a pesar de…”

Tal enseñanza nos permite como cristianos ejercitar la unidad siendo responsables en las relaciones interpersonales, en las cuales ha de prevalecer el amor hacia el vínculo de la paz. Una sola persona no puede mantener la unidad ni llegar a la paz, porque necesita de otros…y, en ese aspecto fluye la expresión del cuadro hermoso de un artista que sabe usar líneas, colores y matices, al realizar de manera maravillosa su obra. Solo Dios puede darnos la unidad en la diversidad, mediante la comunión del Espíritu y el verdadero compañerismo cristiano. Fue Cristo Jesús quien afirmó: “La paz o dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da…” (Juan 14:27) Y también expresó: Estas cosas os hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicciones; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Al “andar” como Dios anhela nos sujetamos a Su propósito para todos. En el organismo que es la iglesia, el Espíritu es la vida que penetra cada esfera del cuerpo, guiándolo de manera íntima y vivificante; Cristo es la cabeza que muestra Su trascendencia en el cuerpo (Ef. 1:23); y el Padre ejerce Su soberanía sobre todos. Las tres personas de la trinidad sostienen a la iglesia en una relación triple y única con ésta. Dios permanece en Sus discípulos y nosotros en Él. De aquí que la relación hace posible el ejercicio de Su voluntad en la tierra, mediante Su propósito cumplido en Su Iglesia. ¡Gloria y honra a Él!

Pr. Elier J. Romero Miranda / Director General de la CNBV